Malala Valentini

Recordar 30 años para vivir 65 minutos de Marina Otero

Collages de archivos, diseño mágico para difusión.

Trabajo en proceso (permanente)

Recordar para vivir es un proyecto de Marina Otero, basado en construir una obra inacabable sobre su propia vida. La vida real se vuelca en una puesta en escena. A medida que la autora va creciendo, la obra por efecto se transforma.
En todas las puestas la acompañan sus amuletos: fotos, videos, diarios, cartas y objetos, que a través del tiempo se irán también erosionando.

A lo largo de Recordar 30 años para vivir 65 minutos, la bailarina relata experiencias de su vida, y de cómo el proceso creativo y la vida personal se entremezclan, confundiéndose los personajes de ficción con ella misma. Acompañada de documentos proyectados en vivo, Marina reconstruye sus recuerdos a través de la palabra y el cuerpo.

Hogar de Marina Otero

Hogar de Marina Otero.

Diseño del espacio y dibujos con tiza en piso y pared.

El médico ingresa al centro del escenario y se arrodilla para entregarse a la decadencia. Cuando éramos chicas teníamos demasiada energía, tuvimos que reducir nuestro potencial para no opacarlos. Las mujeres ponen al médico en posición ginecológica. Estamos sometidas a la oscuridad, pero siento un éxtasis de destrucción que me hace sentir viva. El cheto pronuncia en guaraní maternidades oxidadas. Ella fue la única en preguntarle, mba’ epa ‘re ‘use” ¿Qué querés comer? La bailarina contornea su propio cuerpo. Música de suspenso. Mientras corro de ensayo a ensayo trato de imaginar y dar a luz adentro mío. Voy a parir un gusano que viva en una tierra sin tiempo. 1.2.3. Mujeres bailan!

La montaña es la montaña

¿Cómo se mueve un cuerpo sin espacio?
Bajo el signo de esta pregunta nacía, en el año 2015, el Proyecto Diógenes. Desde ese momento, se realizaron dos instalaciones: Diógenes al Sol en el teatro El Brío y Diógenes, Casa Tomada en la Casa Nacional del Bicentenario, por entonces ya asediada por el fantasma del vaciamiento. Las dos intervenciones proponían variaciones sobre la ocupación hiperbólica de un espacio siempre atravesado por el movimiento de los cuerpos que intentaban habitarlo. En ambos procesos de trabajo se repetían las mismas escenas: toneladas de desechos acumulados, largas horas de realización manual, auto explotación sin un fin discernible y decenas de amigxs artistas movilizadxs, atesorando desperdicios, cargándolos en un loop de fletes infinito.
Había algo desmesurado en ese gesto. Algo desesperado bajo la invención de aquellos paisajes artificiales. Como si atravesar esas experiencias extenuantes fuera la única forma de sacarse del cuerpo una fuerza que amenazaba con desbaratarlo todo. Una vez terminado el trabajo, se vislumbraban montañas de basura dibujando un paisaje imposible pero real. La obstinación las había transformado en materia palpable, concreta, objetivable. Pero aquella pregunta inicial seguía sin responderse.
La misma pregunta que Celia Argüello Rena comenzó a formularse, diez años atrás, cuando entrevió que la casa que compartía con su madre, en la ciudad de Córdoba, empezaba a cubrirse de montañas de basura. A los veinte años, dejó aquella casa, se instaló en Buenos Aires y aceptó que la pregunta creciera junto con ella. Y con el tiempo esas cavilaciones trascendieron la dimensión de lo íntimo para acceder a un entramado colectivo donde los interrogantes se potenciaron y multiplicaron.
La montaña es la montaña es la tercera instalación performática de este colectivo artístico, esta vez, proyectada en torno a un acontecimiento que burla cualquier intento de limitar el arte y la vida: Noemí Rena decide dejar la casa en la que vivió durante treinta años. Lxs integrantes del proyecto viajan a Córdoba y, en una última y desmesurada performance sin espectadores, vacían la casa. Mientras lo hacen, un equipo de documentalistas registra la acción y captura la evidencia. Lxs artistas saben cómo mover montañas de basura; llevan años ensayándolo.
Pero, ¿cómo seguir hablando de acumulación ahora que no hay más cosas? ¿Junto con los objetos ha desaparecido también la necesidad de acumular? ¿Cómo seguir creando después del vaciamiento?
En sus intentos por responder estos interrogantes, el Proyecto Diógenes devino tan inconmensurable como las preguntas que abre, los cuerpos que reúne, las montañas que mueve.