Malala Valentini

Crónica del sexo débil

Crónica del sexo débil
Una Teoría King Kong collageada en tiempos donde todavía las mujeres no podemos decidir sobre nuestros cuerpos.

Una Teoría King Kong collageada en tiempos donde todavía las mujeres no podemos decidir sobre nuestros cuerpos. Por Malala  Valentini para ANRed

Viernes 21 de febrero. Me levanto a las siete, preparo el desayuno de mi hijo, hago algunos trámites bancarios por internet, mando veinticinco wuatsap, respondo 12 mails, escucho la radio, limpio el patio, cuelgo la ropa, preparo cinco archivos de unos flaiers y preparo el almuerzo. Voy a la casa de mi abuela, charlo con su psicóloga, llevo a  arreglar sus audífonos, busco en la farmacia unos remedios para la presión. Voy al mecánico a retirar el auto al que le repararon el alternador y correa de distribución, ahora ya no hace más ruido, paso por la verdulería y compro naranjas, bananas, zuchini y duraznos. Camino varias cuadras para encontrar a un precio razonable los tomates. Me baño y me pongo pollera y calzas negras, una camisa verde muy verde recontra verde y los borcegos negros. Tomo el 109, me siento con la mochila en la falda y releo el libro que Virgenie Despentes escribió despechada en el 2006 después de que su película Baise-moi  (traducida en España como Fóllame y en Hispanoamérica como Viólame) haya sido estrenada y censurada en varias salas de cine en el año 2002. El texto es un territorio donde sacudirse, potenciarse y espejarse, yo mujer madre blanca hegemónica. Su voz desmesurada me hace pensar en todas nuestras clausuras,  en todo lo que aún no hemos podido nombrar al menos en este continente. Marco con el lápiz algún párrafo, pienso en la evolución de nuestra subjetividad y encuentro en la página ciento quince de la edición de tapa blanda que compré en una librería de Caballito, “el primer deber de una escritora, es matar al ángel del hogar” Virginia Woolf.

Me bajo en Viamonte y Talcahuano, camino en el viento de tribunales cruzando la plaza en diagonal que tiene una cantidad refrescante de verde, una fauna increíble de ciudad. Mucha gente agolpada en la vereda con caras inquietas. Esto genera, pensé. Pero no, se había suspendido la función de Porno Brujas interpretada por Andrea Bonelli y dirigida por Mónica Viñao: conflictos gremiales dentro del teatro. Consulto con algunos trabajadores, “recién se decidió en asamblea suspender la función, los elencos apoyaban la medida para que se pueda resolver un conflicto salarial, que debía hacer la cola, para que en boletería pudieran reprogramar la función o devolverme la plata,” no tengo tiempo de alcanzar a comprender el conflicto sindical. Para lavar mi decepción tomo el subte corriendo porque quiero llegar a la función de una obra de amigues que se preguntan: ¿dónde vamos a encontrarnos? Puedo ver todo el despliegue maravilloso de algunos cuerpos después de haber compartido una residencia en las sierras cordobesas. Elles tejen una oda queer.

Sábado 22. Me subo al auto siguiendo las indicaciones de la gallega que me guían hasta la casa de un amiga en barracas donde debatiremos la acción del 8 de marzo. Somos siete mujeres cortando frutas y buscando el modo de habitar las calles, imaginando infinitas maneras de poner el cuerpo en la escena pública. Llamo al teatro y me garantizan que hoy no se suspende la función. Me voy apurada subiendo a la autopista, estaciono lejos del teatro y vuelvo a pisar el mismo recorrido que el día anterior, pero con más cansancio y sin maquillaje. Mando tres audios de wuasap en el transcurso de las calles, tomo agua, me como unos refrescos y siento unas ganas terribles de fumar. Me encuentro con mis amigas en la cola de la boletería. Entro a la sala, me acomodo en la pana bordó de Maria Guerrero, apago el celular, saco mi cuaderno y me entrego a la excitación de un telón a punto de elevarse.

Una Mercedes Morán de espalda lee sentada, se toma el tiempo para instalar la voz que  relata: King Kong funciona ahí como una metáfora de una sexualidad anterior a la distinción de los géneros tal como se impuso políticamente alrededor de fines de siglo XlX. King Kong está más allá de la hembra y más allá del macho. Es la bisagra entre el hombre y el animal, el adulto y el niño, el bueno y el malo, el  primitivo y el civilizado, el blanco y el negro. Híbrido, antes de la obligación de lo binario. La isla de esta película es la posibilidad de una forma de sexualidad poliforma e híper potente. Lo que el cine quiere capturar, exhibir, desnaturalizar y luego exterminar dice ella con el humo recortando su silueta en una silla antigua con barrotes de madera. Su pelo y su camisa blanca vienen a mí en forma de Roxy, una tachera manejando en Buenos Aires a fines de los noventa de una serie prime time con una trama que ilustraba conflictos de la vida cotidiana de una familia clase media empobrecida que se enreda con Tali de La Ciénaga, esa otra obra de la maravillosa de Lucrecia Martel. Hay una manera increíble en el tono de sus puteadas, me inocula su pronunciación de la palabra pija, virilidad, pelotudo, mal cogida. Hay algo de reparación histórica en que esta mujer dirigida por Romina Paula esté habitando ese escenario. Se da vuelta, se detiene y camina hasta un sillón oscuro donde nunca llega a recostarse, sigue leyendo con algunas pausas, acomoda sus lentes, levanta de vez en cuando sus ojos y continúa el relato adaptado. Se pone y se saca el sombrero, prosigue con el relato, nunca se detiene más que para algún punto y aparte. Respira y se embebe de la concentración que le regala el público. Hamaca su pierna en las esquina del sillón. Algo de las imágenes que se proyectan empiezan a molestarme. Desconecto del texto y mi cabeza empieza a elucubrar quién pudo ser capaz de generarlas: una boca poniéndose rouge, un zapato de taco, una toma sensual de una pierna con medias red; ¿qué es esto? ¿Dónde están las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las malcogidas, las incogibles, las histéricas, las chifladas, todas las excluidas de la gran feria de las que están buenas…? Entiendo que ese fondo no debería competir con el texto, pero no podemos desestimar el poder de las imágenes en movimiento cuando el ojo busca  un lugar donde anclarse. Me consuela darme cuenta que había en la sala llena del Teatro Nacional Cervantes muchos pelados y panzones … los hombres, por lo menos los que tiene mi edad y más, no tienen cuerpo. No tienen edad, no tiene corpulencia. Cualquier pelotudo enrojecido por el alcohol, calvo con panza enorme y estilo pedorro, podrá permitirse hacer reflexiones sobre el físico de las chicas, reflexiones desagradables si no las ve lo suficientemente coquetas y frescas, u observaciones asquerosas si está enojado porque no se las puede coger. Son las ventajas de su sexo. A la trolez más patética, los hombres nos la quieren vender como simpática y pulsional. Pero son muy pocos los Bukowski, la mayor parte del tiempo solo son giles cualquiera. Como si yo, por tener vagina, me creyera tan buena como Greta Garbo. Tener complejos, eso sí que es femenino. Borrada, Escuchar bien. No brillar demasiado intelectualmente. Ser culta, lo justo para entender lo que un presumido tiene para decir. Charlar es femenino. Todo lo que no deja huella. Lo doméstico que vuelve a hacerse todos los días, que no lleva nombre. No los grandes discursos, no los grandes libros, no las grandes cosas. Las pequeñas cosas. Lindas. Femeninas.

Domingo 23. Desayunamos y charlamos sin demasiado orden de la obra y de la casa, de la adaptación de un libro a un espacio escénico y de la disposición de los muebles, de la traducción que hizo Paul Preciado y de una obra adaptada para versión teatral, de la luz delicada envolviendo un cuerpo que se hace presente. Tiendo la cama, doblo unas toallas, barro la cocina, mando algunos wuasaps, chequeo las redes. Debo prepararme para salir porque tengo entradas para la función de hoy: Durmiendo con el enemigo, interpretada por Soledad Silveyra, dirigida por Claudio Tolcachir. Me pruebo un vestido con olor a naftalina, me miro en el espejo, prendo la compu, creo un archivo y me quedo suponiendo cuáles serían las posibles reacciones de Virginie Despentes si hubiese ido a la función de anoche. Elijo quedarme escribiendo en casa porque, en definitiva, se trata de mandar todo bien a la mierda.

Dicho esto, chau chicas, y mejor viaje.

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